Afuera es de día.
- Alexis Esparza

- 21 jun 2024
- 4 min de lectura
Actualizado: 22 jun 2024

Veo el misil, brillando sobre mi cabeza, sobre la cabeza de los miles de habitantes que tiene esta ciudad. Nos observa, quieto, flotando, esperando terminar con las historias de todos los que se encuentran debajo. Algunos de ellos ríen, los he visto estallar a carcajadas de un chiste que jamás he escuchado. Algunos de ellos lloran, de una noticia de la que nunca me enteraré. Siempre me pregunto qué es lo último que sus oídos captaron, pues yo sí lo sé. La alerta que marcaba el holocausto nuclear. Afuera es de día, y siempre lo ha sido.
Nunca logré descubrir cuándo ni cómo es que obtuve mi habilidad, tal vez fue una especie de broma retorcida de Dios, o tal vez un plano extradimensional se cruzó con el nuestro, aunque me he dado a la tarea de investigarlo, jamás he hecho ningún progreso. Lo cierto es que la primera vez que detuve el tiempo fue cuando era más joven, un adolescente, para ser más exactos. En aquella ocasión solo lo mantuve un minuto, no sabía lo
que estaba sucediendo.
Es extraño que ese sea el mismo momento de mi primer beso, pero tiene sentido. En mi mente no quería que ese momento terminara, y lo hubiera conseguido si hubiera sabido cómo controlar más mi habilidad. Eso lo aprendí mientras fui creciendo, al principio parecía ser al azar el momento en el que todo se pararía, más pronto lo dominaría. Se convirtió en un órgano más de mí, y lo hice tantas veces que viví cuatro vidas en una sola. Cuando estoy dentro, jamás envejezco.
Lo usé para dormir siestas en el trabajo, lo usé para escapar de las discusiones que tuve con mi esposa. Fui irresponsable, el tiempo perdió su sentido. Mis incursiones eran cada vez más largas, empecé entrando solo una hora a la vez, pero no era suficiente. En una ocasión estuve dentro un año completo. Cada vez que volvía era alguien distinto, con una personalidad distinta, con experiencias nuevas, pensando otras cosas. Las personas que me rodeaban siempre eran las mismas.
Fui anarquista, socialista, neoliberal y apolítico. Me interesaron los deportes, luego la música, la literatura fantástica y la historia. Fui un completo idiota, y también una persona humilde. Viví como rico, y dormí en las calles. Todo mientras mi esposa miraba el mismo fotograma de su serie de televisión favorita. Lo tengo grabado en mis retinas, lo puedo dibujar de memoria, pero jamás podría recordar nada de lo que dijo aquella noche.
Ahora me siento solo, tanto como me sentí todas aquellas veces. Quiero hablar con ellos, que me cuenten cómo fue su día, que lloren al relatar su más reciente relación, que me pidan un consejo. Siempre estoy tentado a intentarlo, creyendo que podría tener un segundo más. Siempre tengo que detenerme a mí mismo para recordarme que el tiempo se acabó, y que yo soy el responsable. Ya no hay más, se terminó, es todo. No hay un futuro por el cual ver, simplemente porque ya no existe el futuro.
Ellos no lo saben, para ellos el tiempo jamás existió. La diferencia entre existir y no hacerlo es un parpadeo. Sus responsabilidades como seres vivos fueron descargadas y puestas en mis hombros, sus preocupaciones también. Cargo con el recuerdo de todos ellos porque cuando termine todo esto, si es que decido terminarlo, no habrá nadie que cargue con el mío. Pongo la mano sobre el vientre de las embarazadas, esperando sentir un pataleo. Atiendo a los funerales que siguen en proceso. Hago todo esto porque soy la única persona que aún puede darles valor. El valor de una patada que nunca llega y un duelo que nunca se resuelve.
He pisado cada centímetro cuadrado de este estúpido planeta, he leído cada maldito libro que me ha sido posible en busca de la respuesta a la pregunta que me hago cada día. Dedico mis tardes a reflexionar sobre eso porque no puedo hacer nada más. Cada otro segundo soy miserable, anhelando sentirme vivo de alguna otra manera. No puedo canalizar mi dolor en los cómodos brazos de mi esposa, así que lo distraigo dándome la esperanza de que algún día podría encontrarle el sentido a todo esto. ¿Qué se supone que debo hacer?
Al pararme y mirar una escena que se ha mantenido igual desde hace 45 años, siempre me enfrento con la misma decisión. Mi mente me agobia con los gritos de agonía de todos aquellos a quienes dejaría morir cada vez que intento terminarlo todo. Tampoco es mejor que el silencio aplastante de una realidad que no fluye hacia adelante. Odio ese silencio, lo odio tanto que lo único que puedo hacer para romperlo es sollozar. No soy un hombre fuerte, tengo el poder de un dios, la voluntad de un hombre enfermo.
Lo sé, todos ellos están muertos, siempre lo han estado. Solo soy una mota de polvo más en las ruinas de lo que alguna vez fue. No soy egoísta, no puedo serlo. Mis sentimientos, mis noches sin descanso, no son mías. Jamás existí, no habrá registro de mí. Soy yo quien mantiene todo esto en pie, soy yo quien lo experimenta. Es a través de mí, donde todo el sufrimiento que no ha sido, se siente. Pero ellos me lo piden, me lo imploran, me lo ruegan. Quieren que los deje libres. No se dan cuenta de que su libertad ya no existe. La intercambiaron por algo más, paz. Paz que jamás podré sentir.
Afuera es de día y siempre lo ha sido.
Writer: Alexis Esparza
Editoras: Anna Chen & Yare Saucedo









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